Nada que ver con una conversación. Una conversación es un puzle sin preparar donde puedes encajar una muestra de ti en el pedacito de sí que aporte tu interlocutor. Quieres ver cuál es el resultado final, te interesa saber cómo quedará el cuadro cuando lo montes, y te esfuerzas tanto en entender las piezas que se te presentan como en hacer que las tuyas encajen correctamente. Si el resultado final se precipita, se le da a la obra un acabado pobre y se dejan huecos, que más tarde serán tormento hasta que dichos huecos puedan ser tapados. Sin embargo, esos remiendos jamás derivarán en una satisfacción plena. Si la conversación no se completa cuando se termina, los parches que se le pongan más tarde solo serán eso. Pegotes.
Nunca se va a repetir. Cuando se acaba, se acaba. Lejos de hablar y escuchar a ráfagas como si de un duelo de espadas se tratara, en una conversación cada palabra va cargada de curiosidad e interés. Buscas una experiencia instructiva, quieres saber qué piensa la persona que tienes delante y qué piensas tú de lo que piensa. El tiempo pasa mientras que la caña que tienes delante se vacía sin que te des cuenta, sin prestar atención a dónde miran tus ojos ni cuántas servilletas destripas con los dedos o qué garabatos dibujas con un boli que no recuerdas haber sacado.
La conversación avanza sin ningún destino fijo hasta que simplemente acaba. Y se sabe. Y te ha gustado. Y pides la cuenta.
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